lunes, 18 de febrero de 2013

Entre Líneas.

 Hace un tiempo, recostada sobre lo poco que quedaba de un viejo muelle todavía en pie, y mirando para arriba, tras escuchar dos confesiones insólitas (aunque predecibles) provenientes de una persona muy particular (aunque igual al resto de la gente), mi mente entró en crisis al darme cuenta que mis ojos apuntaban solamente en dirección horizontal. Porque si  bien estaba agradecida por la vista que se me era ofrecida, resultaban totalmente conformistas mis contestaciones ante caras y gestos poco gentiles, palabras hirientes e inclusive enmudecía ante sonrisas y favores sinceros o ante injusticias verdaderamente injustas. Mis argumentos eran fácilmente vencibles y, en caso de ser sostenidos con cierto dejo de firmeza, eran tildados de extremistas y falaces.. Y en mi afán de evitar confrontaciones y de escapar de mi naturaleza escorpiana impulsiva, los abandonaba, dándole siempre la razón a otro.
 Fue quizás lo patético de la situación, o el hecho de que el umbral de dolor interno que experimenté en aquel momento, ante tan desinteresadas palabras, resultó tan alto que no lo sentí, que nacieron en mí, pensamientos incoherentes, sentimientos encontrados y disimulé todo con meras sonrisas y silencios cortos, tratando de auto convencerme que lo que escuchaba era el mero error de un espécimen con poco tacto (y un considerable ego). Aun así y todo,mis cuerdas vocales se entrelazaban.
Muda, de nuevo.
Traté de tranquilizarme. Sentía que con todas mis fuerzas, clavaba las plantas de mis pies a los frenos de un vehículo inexistente al haber aparecido intempestivamente ante mí un muro invencible, insuperable.. Y contuve la respiración por unos cuantos minutos,evitando cometer las equivocaciones propias de las palabras impensadas.
  Esto no era un problema ajeno a mi realidad, sino que de hecho, éste afectaba directamente la coordinación (entre mis deseos, mis pensamientos & mis palabras) y el cuidado (de mí frente al mundo).   Seguía apuntando la dirección de mis pasos a un horizonte alineado de manera muy forzada, casi tirante. Misión cuasi suicida.
  Así que acto seguido y con el correr de los meses, empecé a poner en práctica un pequeño ejercicio, liberador del alma, cuya transcripción me ocupará las siguientes lineas:
Ante situaciones in- creíbles:
1. Levanta tu  rostro elevándolo ligeramente hacia arriba. Preferentemente en un lugar abierto, lo que no implica necesariamente que sea silencioso. Y si no es tan abierto, y un techo te ennublece la vista, echa mano a la imaginación.
Esa es tu salida, tu perspectiva, tu fin, tu proyecto, tu destino, tu meta.
 2. Acostado en la nada o de pie en medio de la vorágine de la ruidosa ciudad empieza esta recomendable actividad.
  Con el paso del tiempo creo que mirar para arriba es una de las mejores tareas, para arreglar un poco tu agenda personal  - para descubrir tus verdaderas prioridades, tomar tu decisión, entender ciertos dolores, retomar fuerzas, formular tus preguntas, e inclusive darle un significado a la vida. Y lejos de ser esto una recomendación, sirve por sí solo, de memorial. Será que lo practico en razón de estar encadenada por la gravedad que une mi peso con el de la tierra... Y que en mí constante desear incentivado por el hecho de no poder tocar esa inmensidad que me supera completamente, ansío en algún momento poder comprender el verdadero origen y sentido del Cielo.
  Apuesto que un día seré lo bastante abierta como para arrastrar las estrellas con mis manos y reagruparlas, dándoles una nueva dirección. De abrir el camino entre las nubes y llegar hasta esa nada irreconocible que esta detrás de ese tapiz incoloro que suele engañarme ostentando un color que no es ni tan celeste ni tan pastel, ni tan oscuro.
  Arriba de mi cabeza - en mi porción de Cielo - tengo tres puntitos que dicen ser las tres Marías, dos cruces (no soy capaz de descubrir cual es la autentica, la del Sur , porque ya de por sí tengo problemas para aprender todavía cuales son los puntos cardinales), y millones de pequeños faroles que voy descubriendo a medida que fijo mi vista en la profundidad de esa nada que no puedo tocar, y que me tienta mirar de vez en cuando, descomprimiendo mis pensamientos, dejando que ellos lleguen a elevarse y volver hacia mí, enriquecidos y un poco más valientes, capaces de cachetear realidades (incluidas las caras poco convincentes) y escalar gigantezcos muros.

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