jueves, 20 de junio de 2013

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En el ir y venir del tiempo, cuando los recuerdos consumen los minutos del reloj… cuando la preocupación por el arribo a un destino cierto carcome los talones y hace desaparecer la vereda que se deja detrás,  empieza uno a darse cuenta del funcionamiento limitado de la mente, de lo territorial que se vuelve en la medida que no encuentre (o al menos busque) un sentido constante al quehacer y crecimiento diarios.
Tengo rasgos serios.  La mirada firme. Al pensar, mis labios tienden a cerrarse y formar una especie de línea horizontal comunicadora de una seriedad absoluta, demostrativa de un análisis constante que en la mayoría de los casos parece dar resultados negativos. Pero no se trata sino de un gesto involuntario, impensado, que en especial, suele acentuarse al elaborar diversas elucubraciones mentales, al caminar.
Era otoño. No recuerdo a donde me dirigía. Solo sé que el día estaba teñido de gris, un tanto por las nubes, otro por mis pensamientos. Había apresurado el paso pero, repito, no registro en mi memoria cual era el fin de mí caminar. (Cuantas veces caminamos sin saber a dónde ir. Ser conscientes del presente nos lleva a vivir cada instante, a  reflexionar sobre nuestra existencia y de arrepentirnos solo del hecho de no habernos levantado más temprano – en todos los sentidos que pueda tener esa expresión.).
Llegaba a la esquina. Iba a tratarse de una calle y una vereda más, una avenida de por medio y otras calles. Acto seguido: otras más veredas.
 Sé que te me acercaste cuando fijaba mi mirada hacia adelante. Y la ciudad se detuvo un segundo, para dejarme escuchar tu voz.
No dijiste algo para que mi sonrisa sea momentánea, como si se tratara de un chiste o comentario fugaz. No te conformaste con ello, y quizás en tu obrar irreflexivo, o  en el deber que se te había encomendado, lograste que mi memoria te inmortalizara y recordara en las más alegres  e enigmáticas de las formas.
Desde aquel momento, hiciste que el dibujo sonriente de mis labios fuera constante, perpetuo. Gire para verte, pero, como si nada hubiere pasado, no interrumpiste tu paso y seguiste caminando en dirección a tu destino.
Extrañada y sonriente volví a mí misma: No entendía cómo sin buscar  nada a cambio y más bien con una tonalidad de súplica, me pediste que te hiciera aquel favor, sin siquiera dejarme percibir  como se veía  la persona al que se lo debía.
No pensé necesario correr y descubrir tus facciones. No entendí tampoco que me habías salvado de la cotidianidad, del estancamiento de la vida.
Verdad es que a cada persona que conozco la comparo con el deseo que me manifestaste ese día.  Sos mi parámetro en la amistad y de mis elecciones. Solo quien se asemeja a tu sinceridad es reclutado felizmente en mi ámbito de experiencias. Solo el que demuestra aquel desapego en beneficio de mi bienestar es al que entrego mi total devoción y oídos.
Siempre voy a estarte agradecida, porque lograste que una completa desconocida remitiera a tu elocuente reproche todos los días de su vida,  caminando sola o  sentada en silencio, cualquiera fueran las vivencias que engrosan sus recuerdos.
Tu consejo será motivo de cambios fundamentales en mi mundo y el de otros que me observarán transitar tranquilamente por las calles de un centro, sin saber ellos que tuve la suerte de encontrarme con un amigo de caminos, al que nunca volveré a ver, y en caso de hacerlo, no reconoceré, pero que dejo lo mejor de sí en mí.

{Me dijiste “¿Podes sonreír, por favor?”} 

lunes, 18 de febrero de 2013

Entre Líneas.

 Hace un tiempo, recostada sobre lo poco que quedaba de un viejo muelle todavía en pie, y mirando para arriba, tras escuchar dos confesiones insólitas (aunque predecibles) provenientes de una persona muy particular (aunque igual al resto de la gente), mi mente entró en crisis al darme cuenta que mis ojos apuntaban solamente en dirección horizontal. Porque si  bien estaba agradecida por la vista que se me era ofrecida, resultaban totalmente conformistas mis contestaciones ante caras y gestos poco gentiles, palabras hirientes e inclusive enmudecía ante sonrisas y favores sinceros o ante injusticias verdaderamente injustas. Mis argumentos eran fácilmente vencibles y, en caso de ser sostenidos con cierto dejo de firmeza, eran tildados de extremistas y falaces.. Y en mi afán de evitar confrontaciones y de escapar de mi naturaleza escorpiana impulsiva, los abandonaba, dándole siempre la razón a otro.
 Fue quizás lo patético de la situación, o el hecho de que el umbral de dolor interno que experimenté en aquel momento, ante tan desinteresadas palabras, resultó tan alto que no lo sentí, que nacieron en mí, pensamientos incoherentes, sentimientos encontrados y disimulé todo con meras sonrisas y silencios cortos, tratando de auto convencerme que lo que escuchaba era el mero error de un espécimen con poco tacto (y un considerable ego). Aun así y todo,mis cuerdas vocales se entrelazaban.
Muda, de nuevo.
Traté de tranquilizarme. Sentía que con todas mis fuerzas, clavaba las plantas de mis pies a los frenos de un vehículo inexistente al haber aparecido intempestivamente ante mí un muro invencible, insuperable.. Y contuve la respiración por unos cuantos minutos,evitando cometer las equivocaciones propias de las palabras impensadas.
  Esto no era un problema ajeno a mi realidad, sino que de hecho, éste afectaba directamente la coordinación (entre mis deseos, mis pensamientos & mis palabras) y el cuidado (de mí frente al mundo).   Seguía apuntando la dirección de mis pasos a un horizonte alineado de manera muy forzada, casi tirante. Misión cuasi suicida.
  Así que acto seguido y con el correr de los meses, empecé a poner en práctica un pequeño ejercicio, liberador del alma, cuya transcripción me ocupará las siguientes lineas:
Ante situaciones in- creíbles:
1. Levanta tu  rostro elevándolo ligeramente hacia arriba. Preferentemente en un lugar abierto, lo que no implica necesariamente que sea silencioso. Y si no es tan abierto, y un techo te ennublece la vista, echa mano a la imaginación.
Esa es tu salida, tu perspectiva, tu fin, tu proyecto, tu destino, tu meta.
 2. Acostado en la nada o de pie en medio de la vorágine de la ruidosa ciudad empieza esta recomendable actividad.
  Con el paso del tiempo creo que mirar para arriba es una de las mejores tareas, para arreglar un poco tu agenda personal  - para descubrir tus verdaderas prioridades, tomar tu decisión, entender ciertos dolores, retomar fuerzas, formular tus preguntas, e inclusive darle un significado a la vida. Y lejos de ser esto una recomendación, sirve por sí solo, de memorial. Será que lo practico en razón de estar encadenada por la gravedad que une mi peso con el de la tierra... Y que en mí constante desear incentivado por el hecho de no poder tocar esa inmensidad que me supera completamente, ansío en algún momento poder comprender el verdadero origen y sentido del Cielo.
  Apuesto que un día seré lo bastante abierta como para arrastrar las estrellas con mis manos y reagruparlas, dándoles una nueva dirección. De abrir el camino entre las nubes y llegar hasta esa nada irreconocible que esta detrás de ese tapiz incoloro que suele engañarme ostentando un color que no es ni tan celeste ni tan pastel, ni tan oscuro.
  Arriba de mi cabeza - en mi porción de Cielo - tengo tres puntitos que dicen ser las tres Marías, dos cruces (no soy capaz de descubrir cual es la autentica, la del Sur , porque ya de por sí tengo problemas para aprender todavía cuales son los puntos cardinales), y millones de pequeños faroles que voy descubriendo a medida que fijo mi vista en la profundidad de esa nada que no puedo tocar, y que me tienta mirar de vez en cuando, descomprimiendo mis pensamientos, dejando que ellos lleguen a elevarse y volver hacia mí, enriquecidos y un poco más valientes, capaces de cachetear realidades (incluidas las caras poco convincentes) y escalar gigantezcos muros.