En el ir y venir del tiempo, cuando los recuerdos
consumen los minutos del reloj… cuando la preocupación por el arribo a un
destino cierto carcome los talones y hace desaparecer la vereda que se deja
detrás, empieza uno a darse cuenta del
funcionamiento limitado de la mente, de lo territorial que se vuelve en la
medida que no encuentre (o al menos busque) un sentido constante al quehacer y
crecimiento diarios.
Tengo rasgos serios. La mirada firme. Al pensar, mis labios
tienden a cerrarse y formar una especie de línea horizontal comunicadora de una
seriedad absoluta, demostrativa de un análisis constante que en la mayoría de
los casos parece dar resultados negativos. Pero no se trata sino de un gesto
involuntario, impensado, que en especial, suele acentuarse al elaborar diversas
elucubraciones mentales, al caminar.
Era otoño. No recuerdo a donde me dirigía. Solo sé
que el día estaba teñido de gris, un tanto por las nubes, otro por mis
pensamientos. Había apresurado el paso pero, repito, no registro en mi memoria
cual era el fin de mí caminar. (Cuantas veces caminamos sin saber a dónde ir.
Ser conscientes del presente nos lleva a vivir cada instante, a reflexionar sobre nuestra existencia y de
arrepentirnos solo del hecho de no habernos levantado más temprano – en todos
los sentidos que pueda tener esa expresión.).
Llegaba a la esquina. Iba a tratarse de una calle y
una vereda más, una avenida de por medio y otras calles. Acto seguido: otras
más veredas.
Sé que te me
acercaste cuando fijaba mi mirada hacia adelante. Y la ciudad se detuvo un
segundo, para dejarme escuchar tu voz.
No dijiste algo para que mi sonrisa sea momentánea,
como si se tratara de un chiste o comentario fugaz. No te conformaste con ello,
y quizás en tu obrar irreflexivo, o en
el deber que se te había encomendado, lograste que mi memoria te inmortalizara
y recordara en las más alegres e
enigmáticas de las formas.
Desde aquel momento, hiciste que el dibujo
sonriente de mis labios fuera constante, perpetuo. Gire para verte, pero, como
si nada hubiere pasado, no interrumpiste tu paso y seguiste caminando en
dirección a tu destino.
Extrañada y sonriente volví a mí misma: No entendía
cómo sin buscar nada a cambio y más bien
con una tonalidad de súplica, me pediste que te hiciera aquel favor, sin
siquiera dejarme percibir como se
veía la persona al que se lo debía.
No pensé necesario correr y descubrir tus
facciones. No entendí tampoco que me habías salvado de la cotidianidad, del
estancamiento de la vida.
Verdad es que a cada persona que conozco la comparo
con el deseo que me manifestaste ese día.
Sos mi parámetro en la amistad y de mis elecciones. Solo quien se
asemeja a tu sinceridad es reclutado felizmente en mi ámbito de experiencias.
Solo el que demuestra aquel desapego en beneficio de mi bienestar es al que
entrego mi total devoción y oídos.
Siempre voy a estarte agradecida, porque lograste
que una completa desconocida remitiera a tu elocuente reproche todos los días
de su vida, caminando sola o sentada en silencio, cualquiera fueran las
vivencias que engrosan sus recuerdos.
Tu consejo será motivo de cambios fundamentales en
mi mundo y el de otros que me observarán transitar tranquilamente por las
calles de un centro, sin saber ellos que tuve la suerte de encontrarme con un
amigo de caminos, al que nunca volveré a ver, y en caso de hacerlo, no
reconoceré, pero que dejo lo mejor de sí en mí.
{Me dijiste “¿Podes sonreír, por favor?”}